Análisis

8.feb.2017 / 04:12 pm / Haga un comentario

Mientras la derecha maltrecha sigue dando tumbos. Nosotros seguimos remoralizándonos, en tareas de organización, debate y formación permanente con nuestras bases. El estudio es un deber fundamental de todo revolucionario. Por eso, arrancamos este año estudiando al profesor italiano Giovanni Sartori y su libro “La democracia en 30 lecciones” (editorial Taurus, 2009).

Tremenda lectura. Sartori desmenuza las nociones y características fundamentales de la democracia. En primer lugar, señala que demokratia es poder del pueblo, es decir, que está conformada por “sistemas y regímenes políticos donde el pueblo es el que manda”. Y es aquí en donde empiezan las contradicciones y pugnas entre los distintos sistemas políticos, puesto que la derecha brega incansablemente por apropiarse del poder, de manera directa o través de sus “apoderados” en las organizaciones políticas. Todo para su beneficio exclusivo, aplicando la máxima de que “El poder efectivo es de quien lo ejerce”, mediante los mecanismos de mediaciones entre las distintas instancias que separan a “controladores” y “controlados”.

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En las falsificaciones o simulaciones de democracia, es una cúpula la que se abroga la representación para actuar en nombre de los votantes. Pero en una verdadera democracia, se trasciende de la lógica representativa al protagonismo directo y sin intermediarios por parte del pueblo. La Comuna y el conjunto de leyes, instancias e instituciones que la viabilizan, son un claro ejemplo del ejercicio directo de poder. Las soluciones en manos del pueblo, los ciudadanos decidiendo y dirigiendo sus propios destinos.

Otro tema que plantea Sartori es el debate sobre la Opinión Pública. Y como ésta es manipulada, acosada y delineada por los continuos “mensajes” de los grupos de poder. ¿Puede haber autonomía de la opinión cuando se induce una guerra económica, psicológica o mediática? Pues no.

Lo ideal es que “las opiniones deben ser libres, es decir, libremente formadas. Si las opiniones se imponen, las elecciones no pueden ser libres”. La derecha despliega con habilidad mensajes para la siembra del odio o del miedo. La derecha generalmente participa en procesos electorales no con una oferta, un ideal o un programa mínimo de gobernanza (el programa neoliberal es un secreto bien guardado en los ocultos papiros de la derecha), sino que lo hace desbordada de ofertas engañosas, mentiras y Salidas non santas, reñidas con las normas democráticas y alejadas del bienestar de la mayoría del pueblo. No hay forma que en el metabolismo de la derecha se instaure “un nuevo demos, un pueblo que esté verdaderamente informado y sea verdaderamente competente. Si no, el sistema se vuelve suicida”, y nadie votaría por semejantes proyectos políticos.

Por cierto, que los que se rasgan las vestiduras diciendo que en Venezuela no hay democracia, son los mismos dirigentes políticos, cuyos cargos fueron decididos (y repartidos) en pequeños saraos, por macollas, muy alejadas del voto popular y directo de sus defraudados seguidores. Nadie votó nunca por ellos, ni se han medido en elecciones internas. Esta gente es la que ha dado golpes de Estado, han ejecutado actos terroristas y demás desmanes neofascistas. Pero se dan el tupé de nominarse con los títulos nobiliarios de “demócratas” o “defensores de los derechos Humanos” (con muchas comillas y bastantes dudas).

Sartori los reconoce bien. Esta derecha golpista es la que gustosa prefiere los impúdicos modos directos: “Autocracia es autoinvestidura, es proclamarse jefe uno mismo, o bien ser jefe por principio hereditario. Aquí la derecha no tiene compón, el sifrinaje criollo y empresarial (Carmona Estanga, Capriles o López), se creen ungidos divinos, con licencia para asaltar el poder, para descargar la arrechera y luego exigir a gritos impunidad. Profesan que su linaje mantuano los mantiene por encima de las leyes.

Al reflexionar sobre democracia e ideología, Sartori reconoce las insalvables diferencias entre izquierdas y derechas. Expresa que a pesar del proclamadísimo triunfo del capitalismo (a partir de la Caída del Muro y la desintegración de la URSS), la izquierda sigue viva. Por cuanto “la izquierda es (era, o debería ser) la política que apela a la ética y que rechaza la injusticia. En sus intenciones de fondo y en su autenticidad, la izquierda es altruismo, es hacer bien a los demás, mientras que la derecha es egoísmo, es atender al bien de uno mismo”. Remata revelando que “la derecha se defiende mal: no se ocupa de virtudes y atiende sólo a sus asuntos” y señala que “La derecha no apela a ninguna moralidad, no está expuesta a la quiebra moral”.

Sartori también explica cómo la derecha mundial, bajo el metarrelato del triunfo de la Civilización Occidental (que aún sigue vendiendo espejitos y falsos jarabes para la tos), ha intoxicado al mundo entero imponiéndole su “American Way of Life” o su modelo de democracia burguesa (exportabilidad de la democracia). Por la fuerza colonizadora, vía comercio o por las armas, han asediado, invadido y destruido al resto de las civilizaciones. Como una alimaña carroñera despliegan su insaciable “capacidad de agredir el código genético de las culturas ajenas”, como bien cita a Arnold Toynbee en su Historia Comparada de las Civilizaciones. Se revela que la Civilización Occidental está en pleno proceso de decadencia, porque los que mandan en ese modelo de democracia liberal burguesa, no son los pueblos, ni siquiera los políticos, sino que están secuestrados por las grandes corporaciones.

Como reflexión final Sartori señala que el modelo aplicado por el capitalismo depredador, por su insaciable consumismo, implosionará irremediablemente: “Lo malo es que el nuestro es un planeta pequeñito desesperadamente superpoblado, donde el crecimiento no puede ser ilimitado, y que desde hace unas décadas ha entrado en la espiral de un desarrollo no sostenible, por consumir más recursos de los que produce”.

Richard Canan

Sociólogo

@richardcanan

 

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